Hay sabores. Definitivamente hay sabores que simbolizan cosas diferentes para todos aunque también pudiera ser al revés: una sola cosa es simbolizada para cada uno por un solo sabor particular. En mi caso el té me sabe a beso, no puedo evitarlo.
El té negro agarra los labios y los estremece con esa suavidad cálida que va diluyéndose entre los dientes, pasea por la lengua y despliega todos sus sabores en la boca implosionando cual encuentro de códigos saboríferos distintos.
Poco después la sensación permanece, cual beso de impronta. Quizá no con la intemporalidad de aquel pero si con la inmediatez que logra trascender sus segundos de existencia para quedarse en nuestra memoria un poco más.
Té
El té me recuerda a ti,
ese color cobrizo me transporta a las mañanas
esas en que despertábamos juntos,
donde tus manos se calentaban acariciando una vieja taza amarilla.
Su sabor es de calma,
es lo que sentía cuando bebíamos juntos
cuando frente a nosotros
la cordillera se retiraba a descansar
vestida en rosa de amar.
El té me recuerda tus pequeñas adorables manías,
ahora sé que el agua tiene que ser hervida
que con espuma no hay buen té
y que no existe la once
más que comprimida en esas pequeñas bolsas de Ceilán.
Y yo sé por qué existe tanto significado;
el té, como tus manos, como tus caricias,
me llevan a un tiempo donde amé lo que quería
y que hoy es esperanza
de volver a amar con los mismos colores y sabores
en otros tonos de rosado
pero siempre con tus manos acariciando mis recuerdos
y bebiendo té pausadamente
sorbo a sorbo
como si probáramos por primera vez, el sabor a beso.

